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Matar

Oscar Amaya

Ninguna muerte se justifica, no creo que haya casos excepcionales en los que se pueda matar.
Existen quiénes matan con pasmosa tranquilidad, no les inmuta el sufrimiento de sus víctimas.
Matar para ellos es la máxima realización personal, les eleva el estatus, sobre todo cuando se carece de dones naturales para buscar reconocimiento al margen del asesinato.

Para algunos el matar es una cuestión de honor personal y, el acumular muertes en su haber, es la condición fundamental para sobrevivir en el submundo de la maldad. Es una especie de pasaporte que conduce al respeto entre los malos.

También son notorios quienes matan por placer, con deleite casi orgásmico; les fascina no perdonar cuando el condenado al patíbulo solicita le perdonen la vida; pero ellos se mantienen allí, tan hieráticos como una columna de hierro y con la mirada perdida en el infinito. Son los que desbordaron todas las posibles patologías de las que hablan los sicólogos.

Los que llevan el título de matones a sueldo, por ejemplo, adoptan, ante quienes han osado compartir sus vidas con ellos, unas actitudes de humildad que contrasta con su capacidad destructora de vida. Les place que les digan “mírenlo qué humilde, pero no se acerque a él, porque ya tiene cementerio”. Esto les insufla el ego y continúan con su estela de asesinatos sin importar condiciones ni heredades.

Es aquí donde entra en juego quien mata a cambio de una paga, es aquél al que los expertos en sangrías y otras putrefacciones llaman sicario. Tienen la cara acerada, el semblante frío, como el de las lapidas de granito, y el alma vaciada.

Pero el sumun de la perversidad no es el que mata por encargo, sino quien paga por matar, es el autor intelectual que tiene seco el espíritu de tanto amar el dinero que acumuló también matando.

Es el honorable varón que llega de hinojos, en franca beatitud, hasta el altar mayor para recibir el cuerpo de Cristo en el momento santísimo de la eucaristía. Es el mismo que se rasga las vestiduras y habla en lenguas en el inusitado momento del culto evangélico.

Cuando en una sociedad aparece el que mata por encargo y el que paga por matar, y se toleran sus andanzas, entonces puede decirse que esa sociedad atravesó el umbral que conduce a la animalidad.